Una bandada de aves vespertinas cruza veloz la inmensidad del cielo, que se va oscureciendo sobre la ciudad como en una metamorfosis de color. Malva, violeta, ámbar, añil… y, por fin, un arrecife de cárdeno y carmín despliega sus designios sobre la fría tierra.
En el límite de la vista, las siluetas de los edificios configuran un gran teatro chinesco, sólo uno muy blanco destaca igual que un palacio de puro marfil, delfín en el océano de negrura.
En la espesura de mi buhardilla, el radiador desprende su calor en mis pantorrillas, mientras Mandolino, mimoso, retoza sobre mis almohadones y los duendes benignos salen de sus cajones. Los elfos, en el pasillo, pugnan con los dragones zafiro. Los gnomos descansan junto al molino. Y mi abuela ya está mejor de la cadera.
Mariposas azules y estelas de fresa en mi diario, tintero cargado de sueños y amarillos peces rayados de negro en el acuario. Todo versos entre musgo blanco.
Papá Noel con el don de la ubicuidad se sienta sobre la obra de Poe, en mi biblioteca, mientras sonríe en la cuarta dimensión, junto a Dune, en mi videoteca.
Los cactus de la torre crecen luengos al lado de mis videojuegos, ya me va la impresora pero tengo libros nuevos. Enciendo la tele, mientras me preparo el café, no me de un telele con tanto estrés.
Un peluche rosa bajo el reloj de cuco explota en rosas a las siete en punto. Ya está hecha la moqueta.
Sierpes de cableado bajo mi escritorio tienen atrapados a los trasgos en un recodo. Abren ya los balcones las ninfas de la melodía, extendiendo sus cánticos por doquier, huyen prestas las arpías, no vayan a vérselas con algún doncel. Y el verdinegro de las salamandras destella por la pared.
Y a estas horas, del incienso azahar, ya creo que mi pluma escribe sola, de las musas al azar. Es el tejido de la magia en las venas, la sangre turbulenta del poeta, armonía de las velas, fragantes flores de mil planetas.
A la hora de la constelación del Cisne, cuando las desnudas nereidas se retuercen de risa y sus voces son invitaciones a otros mundos, al menos tan absurdos, como éste, otros universos sensibles sólo para unos pocos sin ira, cuando no se pone el sol tras las caderas de Shakira, y el cielo es un velo magenta, y los seres a los seres miran, cuando la chicas visten de menta, es la hora de la poesía, si te silba a la conciencia tu ego en pleitesía, al límite del amor y del terror, es la hora de la poesía, en el desamor a su balcón, es la hora de la poesía, fragante y magno el rosal de Elvira, es pura poesía.
Un hada pecosita de culo respingón electrocuta mi tinta y, a su vista, bate el corazón, labios de deseo feérico salvaje, mujeres con estiletes, piernas de brebaje, ya sabemos de Melusina, una Mesalina travestida de blancos dientes y de víbora pelaje. Pero aquella es pelirroja y turgentes sus senos, ojos irisados y bellos, pezones de punta de oro y rubí, toda su piel de leche y miel, rizados sus cabellos, plateados a la luz de la luna, y se posa a la orilla de mi buhardilla en la aurora. Ahora una elfa de la noche, vestida de cuero, labios carmesí y senos exuberantes, que podría con seis ogros en frenesí, tal su talante, decorada de diamante, gemas esmeraldas en sus mallas, no lleva faldas, cómo está sin ser un hada.