Un hada, por demasiada información política desquiciada, se ha colado por mi ventana. Dibuja elipses, estelas plateadas y polvo de oro. Pareciese que cae abatida por un ogro, o que escapa de alguna jaula humana. Vuela y revolotea en derredor mío, pero sabe que yo no puedo hacer nada.
Si fuese de carne y hueso, ya resplandecería en mi cama, pero al no serlo por ser maga, vedlo, vaga y vaga... por mi reino el hada.
Es apuesta porque perfumada va de incienso, y ligera aunque truncada un ala; si escapa del infierno, aquí le doy morada. Será mi concubina de una noche mientras le susurro: ¡hala! No es tu mundo ¡hale! que aquí también habita Sade.
Calada tras calada, veo impasible como rueda por la moqueta, dejando una cortinilla de purpurina muy fina, de mil colores... Si fuese un sueño, debería haber despertado ya. Así que me dispongo a tratarle el problema del vuelo con fantásticos hechizos añosos, y en un destello de rubí la dejo descansar junto a mi pisapapeles de Dalí.
Cuando vuelvo del baño, ¡cuál es mi espanto, está ardiendo!¡el boggart la ha desflorado! Junto a sus cenizas hay una nota, escrita con sus diminutas manos, que reza: Nunca dejes de soñar.
Maldito boggart, ya sé quien tiene mis libros de Sade.
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